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Producción y Rodaje

Egresados de CINEMA Universidad nominados al Ariel

📅 Publicado:25 de septiembre de 2026
📝 Actualizado:25 de septiembre de 2026
Egresados de CINEMA Universidad nominados al Ariel

Hay que seguir soñando

Max Valdés, Misael Alva y el camino de OC NI TEMIKI hasta los Premios Ariel

Hay películas que comienzan con una historia que persiste en la cabeza. Con una experiencia que pide ser contada. Con una ausencia. Con una memoria familiar. Con una amistad que encuentra puntos en común. Con años de trabajo, de espera, de errores, de rodajes y de volver a intentarlo.

OC NI TEMIKI es una de esas películas.

El cortometraje, realizado por egresados de CINEMA, llegó a los Premios Ariel 2026, nominado en la categoría de Mejor Cortometraje de Ficción. Para Max Valdés y Misael Alva, director de fotografía y director del proyecto, respectivamente, el reconocimiento representa mucho más que aparecer en una ceremonia.

Es la consecuencia de un camino que comenzó años atrás, cuando todavía eran estudiantes y estaban descubriendo qué significaba hacer cine.

Un camino que pasó por las aulas, los primeros ejercicios, las amistades, los trabajos profesionales, los proyectos que sí sucedieron y los que tuvieron que esperar.

Y que hoy los coloca frente a una de las grandes celebraciones del cine mexicano: Los premios ARIEL.

Una historia sobre quienes esperan

OC NI TEMIKI se acerca a la migración desde un lugar distinto al que suele ocupar el imaginario cinematográfico: el de quienes se quedan.

La madre.

La esposa embarazada.

La familia.

La comunidad.

Las personas que permanecen mientras alguien más se marcha en busca de una vida mejor.

La película observa esa espera alrededor de una pequeña comunidad y de la única caseta telefónica del lugar. Un espacio cotidiano que termina convirtiéndose en el punto donde se cruzan la esperanza, la incertidumbre y la ausencia.

Porque migrar también significa dejar algo atrás.

Para Misael, director del cortometraje poblano, la historia comenzó a partir de un hecho ocurrido en la vida de un amigo: un accidente sufrido en Estados Unidos pocos días después de haber llegado. La noticia despertó tristeza y coraje, pero también una pregunta: ¿por qué a ellos?

Comenzó a escribir desde ahí.

Y mientras avanzaba el guion, descubrió que también estaba escribiendo sobre sí mismo.

La historia comenzó a conectarse con lo que había vivido su propia familia, con la ausencia de su padre y con aquello que vio atravesar a su madre.

Entonces el cortometraje dejó de ser solamente la historia de alguien más. Se convirtió en una manera de regresar a una memoria personal, mirarla desde otro lugar y reconciliarse con ella. Quizá por eso la película encuentra una resonancia que va más allá de una historia particular.

Porque en México hay miles de familias que conocen esa espera.

Hablar desde el propio territorio

Una de las decisiones fundamentales de OC NI TEMIKI fue acercarse a la historia desde la naturalidad de la comunidad.

Los espacios, la manera de hablar, los silencios, el paisaje y el trabajo con los actores tenían que sentirse verdaderos. La película no buscaba construir un mundo ajeno a las personas que retrata. Quería mirar desde dentro.

Esa búsqueda también atraviesa la elección de trabajar con una comunidad y una lengua que pocas veces ocupan el centro de las historias de ficción que llegan a las pantallas. La lengua no funciona aquí como un elemento decorativo. Forma parte de la identidad de los personajes y del territorio que habitan. Y es precisamente ahí donde la película encuentra una de sus fuerzas: contar una historia particular sin desprenderla del lugar del que proviene.

Mirar desde dentro

Para Max Valdés, la fotografía tenía que acompañar esa intención. Él y Misael compartían una sensibilidad cercana al documental y decidieron trasladar esa mirada al terreno de la ficción.

La cámara debía acercarse a los personajes sin imponer una distancia.

Los espacios, la luz, los encuadres y los movimientos tenían que construir una sensación de realidad: estar ahí, acompañando a los personajes, en lugar de observarlos desde afuera.

Pero hacer cine también implica aprender a dejar espacio para lo inesperado.

Durante la preproducción, Max había imaginado determinadas condiciones climáticas y una atmósfera específica. Cuando llegaron a la comunidad, el clima era otro.

El rodaje obligó a observar, adaptarse y resolver con lo que el lugar ofrecía.

Y aquello que inicialmente podía parecer un problema terminó convirtiéndose en parte de la película.

El clima terminó componiendo la atmósfera que habían imaginado.

A veces, hacer cine también significa aprender a dejar que la película suceda.

Dos miradas, una película

En el cine, la relación entre dirección y fotografía es una conversación permanente.

Se trata de imaginar juntos un mundo. Dirección y fotografía necesitan compartir una comprensión de los personajes, la atmósfera, la luz, los espacios y aquello que quieren provocar en quien observa.

En OC NI TEMIKI, esa relación tiene además un componente particular: Max y Misael ya se conocían desde sus años de formación.

Después de varios años de haber terminado la universidad, volvieron a encontrarse precisamente para este proyecto. Misael compartió el guion. Max confió en la historia. Y a partir de ahí comenzó una nueva etapa de una relación profesional que había nacido mucho tiempo atrás. Pero la película tampoco fue únicamente de ellos.

Misael recuerda que cerca del 70 % del equipo viajó desde Ciudad de México y que buena parte de ese crew estaba conformado por amigos y compañeros que había conocido trabajando en otras producciones.

Su intención era rodearse de personas talentosas, pero también construir una pequeña familia durante el rodaje. La confianza comenzó desde la primera reunión. Y terminó apareciendo en pantalla.

El cine como comunidad

Hay una frase de Misael que atraviesa toda esta historia:

“Hacer cine es hacer comunidad.”

La nominación al Ariel lo hizo mirar hacia atrás. Recordar por qué decidió estudiar cine. De dónde nació su interés por contar historias. Todas las personas que se sumaron al proyecto. Quienes confiaron en él y en la película cuando todavía existía solamente sobre el papel.

Porque una película pertenece a quienes pusieron algo de sí mismos para hacerla posible. Y quizá esa sea una de las historias más interesantes detrás de OC NI TEMIKI. La película habla de una familia. Pero para existir necesitó construir otra.

Una comunidad temporal de cineastas que viajó, trabajó, resolvió problemas, compartió días de rodaje y convirtió una idea escrita en papel en una película que hoy puede ser vista por otras personas.

CINEMA: donde comenzó el camino

Hay algo especialmente significativo en que OC NI TEMIKI llegue a los Ariel de la mano de dos egresados de CINEMA.

Max y Misael comenzaron haciendo sus primeros ejercicios cinematográficos como estudiantes. Desde entonces ha pasado más de una década. En ese tiempo cambiaron las herramientas, las producciones, los equipos y las circunstancias. Pero algunas ideas permanecieron.

Para Misael, una de ellas es sencilla:

antes que cualquier otra cosa, necesitas una historia que realmente quieras contar.

También permanece otro aprendizaje:

cuando tienes una buena historia, no necesitas saber hacerlo todo tú.

La fotografía, el diseño de producción, el sonido, la actuación, el montaje.

Cada área tiene personas que han dedicado su vida a desarrollar una mirada. Parte de dirigir y producir consiste también en saber rodearse de esas personas, confiar en ellas y permitir que hagan crecer la historia. Y luego están las personas que uno conoce en la escuela. Los compañeros de clase que años después aparecen en un rodaje. Los profesores que dejan una idea. Los primeros ejercicios que enseñan tanto desde el acierto como desde el error.

En el caso de Misael, recuerda especialmente al profesor Delfín y aquellas clases donde comenzó a comprender que dentro de una película nada debería estar ahí simplemente porque sí.

Un encuadre.

Una composición.

Un movimiento.

Incluso un objeto.

Todo puede tener un significado. Todo puede convertirse en una metáfora.

Filmar antes de sentirse listo

Si Misael pudiera regresar a las aulas y encontrarse con aquel estudiante que comenzó la carrera hace 12 años, probablemente le daría un consejo muy concreto:

Filma. Haz cortometrajes. Haz ejercicios. Haz documentales. Haz escenas. Hazlo con las herramientas que tengas. No esperes a tener la cámara perfecta, el presupuesto perfecto o las condiciones ideales.

Porque afuera existe una industria enorme y competitiva, pero el lugar de cada cineasta también se construye trabajando, equivocándose, aprendiendo y encontrando una voz propia.

Es una idea que parece sencilla, pero que resume buena parte de cualquier trayectoria cinematográfica.

Primero haces.

Después aprendes.

Luego vuelves a hacer.

Y un día volteas hacia atrás y descubres que todos esos ejercicios, errores, proyectos pequeños y trabajos que parecían aislados formaban parte de un mismo camino.

De las aulas a los Ariel

Que una película realizada por egresados de CINEMA llegue a los Premios Ariel también habla del tiempo.

No todo sucede inmediatamente después de graduarse.

Hay proyectos que tardan años en encontrar las condiciones para existir.

Historias que necesitan madurar.

Equipos que vuelven a reunirse.

Películas que atraviesan diferentes etapas antes de encontrar su camino hacia el público.

Para Misael, llegar ahora a los Ariel también significa mirar hacia atrás.

Cuando estudiaron, CINEMA no tenía las instalaciones ni todas las oportunidades que existen actualmente.

Fue, sobre todo, una base de aprendizaje y un lugar desde donde comenzar.

Por eso, esta nominación también habla de constancia.

No de una línea recta.

De una acumulación de experiencias.

De seguir trabajando incluso cuando el reconocimiento todavía no aparece.

Porque, como dice Misael, no se puede hacer cine pensando únicamente en llegar a un premio.

Hay que concentrarse en contar historias, hacerlas con honestidad y continuar trabajando.

A veces, después de muchos años, uno descubre hasta dónde lo llevó esa constancia.

Un cine mexicano con más voces

Hay otra conversación que OC NI TEMIKI pone sobre la mesa: desde dónde se cuenta el cine mexicano.

Misael habla de una industria que enfrenta dificultades para financiar, producir, distribuir y lograr que los proyectos encuentren público.

Pero también observa una posibilidad que antes era mucho más difícil de imaginar: nuevas generaciones capaces de filmar desde lugares que históricamente han tenido poca representación.

Otras comunidades.

Otras lenguas.

Otros rostros.

Otras formas de mirar.

Para las nuevas generaciones de cineastas, contar desde el propio territorio también puede significar ampliar el mapa del cine mexicano.

Y OC NI TEMIKI forma parte de esa conversación: una historia vinculada con una comunidad, con una lengua y con una experiencia particular que hoy encuentra un espacio en uno de los escenarios más importantes de la cinematografía nacional.

Lo que queda después del rodaje

Una película termina de filmarse.

Pero no necesariamente termina ahí.

Para Misael, uno de los aprendizajes más importantes de OC NI TEMIKI ha sido descubrir cuánto puede permanecer después de terminar un rodaje.

Las personas vuelven a encontrarse.

Las colaboraciones continúan.

Los proyectos cambian de forma.

Las historias que parecían pequeñas empiezan a viajar.

Y aquella comunidad construida durante el rodaje puede convertirse en una red profesional y humana que permanece mucho después de que se apaga el último llamado.

Porque hacer cine es construir imágenes.

Pero también es construir vínculos.

Lo que viene

El Ariel tampoco es un punto final. Misael continúa desarrollando proyectos propios y escribiendo. Actualmente trabaja en la producción de una serie de Amazon.

Y aunque la posibilidad de realizar un largometraje está presente, no quiere hacerlo solamente por decir que hizo uno.

Quiere encontrar —o dejar que lo encuentre— una historia que le provoque la misma necesidad que sintió con OC NI TEMIKI.

Una historia que no lo deje tranquilo. Una historia que lo obligue a sentarse a escribir. Porque quizá también ahí está una de las diferencias entre hacer una película y necesitar hacerla.

Seguir soñando

Hay algo profundamente cinematográfico en la trayectoria de OC NI TEMIKI. Una historia comenzó en una experiencia cercana.Pasó por la memoria.

Se convirtió en un guion. Encontró un equipo. Se transformó en imágenes.Salió de una comunidad.Llegó a una pantalla. Y ahora está nominada a los Premios Ariel.

Pero la historia todavía no termina. Porque los premios pueden llegar o no. Lo que permanece es la necesidad de contar. De mirar. De hacer preguntas. De encontrar personas con quienes construir. De equivocarse y volver a filmar. De contar de dónde venimos y descubrir, en el camino, hasta dónde podemos llegar.

Cuando Misael habla de aquello que lo inspira a seguir haciendo cine, habla de encontrar historias cotidianas que normalmente pasan desapercibidas y darles sonido, imagen y tiempo.

Quizá una historia no pueda cambiar el mundo entero. Pero puede cambiar, durante unos minutos, la manera en que alguien mira la vida de otra persona.

Para él, eso ya es suficiente para seguir haciendo cine.

Y quizá por eso, al mirar todo este recorrido, queda una frase que resume no solamente una nominación, sino una forma de entender el oficio:

Hay que seguir soñando.

Porque a veces uno comienza haciendo cine para contar de dónde viene. Y termina descubriendo hasta dónde puede llegar.

Misael Alva, director de OC NI TEMIKI

Max Valdés, director de fotografía de OC NI TEMIKI

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